Un paseo por la Avenida de la Constitución (Parte V) De la Lonja de Mercaderes a la Lonja de Vecinos

Continuando con nuestro paseo por la Avenida de la Constitución en dirección a la Plaza de San Francisco, una vez que hemos pasado la primera manzana, a mano derecha nos encontramos con un edificio muy singular.

Parece que no es de Sevilla. Su fachada es un tanto fría.

No guarda relación con el resto de la Avenida. Incluso no está alineado con ésta. Está hecho con piedra y ladrillo, parece de estilo renacentista, pero no lo es.

Es que es renacentista. Auténtico; del bueno; original del siglo XVI.

Otra joya de la arquitectura.

Tardó la intemerata en construirse. Y estuvo a punto de desaparecer. La piqueta sobrevoló sus tejados.

Cuenta la leyenda que el maestro Juan Belmonte acudió con un amigo a cierto festival benéfico cuyo presidente era su antiguo banderillero Juan Miranda, que entró en política tras acabar la guerra civil, y como era un “tiralevitas”, rápidamente llegó a ser Gobernador Civil de Huelva. Al verlo en el palco, el amigo le preguntó al maestro:

- “Don Juan, ¿es verdad que este señor gobernador ha sido banderillero suyo?”

- El maestro, con su habitual laconismo la contestó: “Sí”.

- El amigo insistió: ¿Y cómo se puede llegar de banderillero a gobernador tan rápidamente?

- A lo que respondió el maestro con la tartamudez que le caracterizaba: “¿Po…po…po cómo va a ser? De…de…degenerando, de…de…degenerando”.

Aviso al lector.

Por desgracia, esta es una historia de degeneración.

De degeneración moral. De lo más alto a lo más bajo. Y en poco tiempo.

Allá vamos.

archivo de indias

La Lonja de Mercaderes de Sevilla

La Lonja de Mercaderes de Sevilla, era sin duda el centro de negocios más avanzado del mundo en 1646, cuando se inauguró completamente.

Aunque, parcialmente, el edificio llevaba en uso desde 1598. Los cargadores a Indias disponían de unas salas enormes donde realizar sus tratos y corretajes, así como un patio renacentista espectacular en su interior. Por si fuera poco, el exterior del edificio estaba acordonado por unas cadenas de hierro, delimitando un espacio propio que poder utilizar.

Con cincuenta años de retraso, el proyecto del rey prudente se había materializado. En su ceremonia de inauguración completa, ni el Prior del Consulado, ni el Arzobispo, ni el Asistente, ni los Caballeros Veinticuatro advirtieron los negros nubarrones que los amenazaban.

Ya había pasado en Milán y en Nápoles. El mal llegó por el río. Los primeros casos se detectaron en el mes de abril de 1649 en los arrabales ribereños.

Arenal, Compás de la Mancebía, Puerta Real, Triana. Fue extendiéndose lentamente manzana por manzana. Casa por casa.

Los 150.000 habitantes de Sevilla estaban confiados en que la ciudad más próspera del mundo estaba a salvo, pero no fue así. El cordón sanitario que establecieron las autoridades no fue suficiente. La epidemia de cólera afectó a ricos y pobres por igual.

A mercaderes, artesanos, religiosos, militares, pobres y menesterosos. Nadie quedó a salvo. Tuvieron que sacar a los presos para que cavasen fosas comunes de urgencia.

Una lápida colocada en el Prado de San Sebastián dice que allí se enterraron 23.343 víctimas. Se estima que la cifra final de víctimas en la ciudad duplicó a esta.

Barrios enteros de la zona norte intramuros quedaron despoblados.

San Julián, Santa Marina, Santa Clara y San Vicente se deterioraron rápidamente, por el abandono y la falta de conservación de sus edificaciones. Muchas se vinieron abajo. Se formaron los solares característicos de estas zonas.

Este cúmulo de adversidades hizo que la ciudad no volviera a tener la relevancia que había tenido anteriormente. Estaba en decadencia. Muchos de sus habitantes, especialmente los que no tenían un nexo fuerte que les atara a la ciudad, pusieron la vista en el Nuevo Mundo donde se les abrían las posibilidades que Sevilla ya no les daba. Marcharon como colonos.

América se “sevillanizó”.

In ictu oculi. Valdés Leal.
In ictu oculi. Valdés Leal.

En el momento de mayor apogeo del Consulado de cargadores a Indias, estaban registrados 800 mercaderes.

En 1640, el volumen de comercio con América del puerto de Sevilla había caído al 50% con respecto al que había en 1600.

En consecuencia, había muchos menos mercaderes y el requerimiento de espacios en la Casa Lonja era mucho menor que en épocas anteriores.

Con el uso de la planta baja y del patio era más que suficiente. Tenían despacho permanente en la Lonja los encargados de los procesos jurídicos civiles: el prior, dos cónsules, cinco diputados y consiliarios, además de otros cargos que fueron añadiéndose.

Los mercaderes ocupaban el resto de las naves de la planta baja, que ahora estaban medio vacías.

Desde su inauguración en 1646, la planta alta de la Casa Lonja quedó sin utilizar. Los mercaderes buscaron alguna entidad que compartiese los gastos de conservación del edificio a cambio del uso de la planta alta.

En 1660 se instaló allí la Academia de Pintura, presidida por Bartolomé Esteban Murillo, dándole un uso cultural al edificio que ha perdurado hasta hoy.

La ubicación era ideal para la Academia: un edificio nuevo con amplias galerías, muy aireado a los cuatro puntos cardinales y una iluminación inmejorable por sus múltiples ventanas y balcones. Por sus naves pasaron las grandes figuras artísticas del barroco sevillano: Martínez Montañés, Juan de Mesa, Pedro Roldán y su hija Luisa, Duque Cornejo, Herrera el mozo, Murillo, Valdés Leal…

En esta época, después de la peste, la demanda de dibujos y pintura religiosa era altísima.

Ningún hogar sevillano, por modesto que fuese, podía pasar sin tener alguna pintura o lámina de asunto religioso.

Placa conmemorativa ubicada en la Casa Lonja.
Placa conmemorativa ubicada en la Casa Lonja.

Para hacernos una idea completa de la crisis del Consulado, referir que de 1600 a 1610 transitaron por el puerto de Sevilla 1683 barcos. De 1650 a 1660 tan solo 410. En el periodo que va de 1650 a 1699 fue a las Indias, por término medio, una flota cada dos años. Entre 1653 y 1658 sólo zarpó una flota. Entre 1678 y 1700 sólo hubo cuatro expediciones. A finales de siglo, Sevilla ya apenas comerciaba con América.

El gran enemigo del comercio para Sevilla era el propio río Guadalquivir. En tiempos prehistóricos el mar bañaba la ciudad de Sevilla. Con el tiempo, los sedimentos que bajaban con la corriente fueron rellenando el delta del río.

Ya, en tiempo de los romanos, la ciudad estaba ubicada en un lago  cerrado a pocos kilómetros de la línea de la costa. Aún así, hay evidencias de que la ciudad fue destruida por un tsunami en torno al año 300 d.C.

Unas estelas encontradas en Écija eximiendo del pago de impuestos por un periodo de tiempo y las excavaciones arqueológicas que se han llevado a cabo en el Patio de Banderas así lo evidencian.

Una gran ola de más de 6 metros de altura barrió la ciudad destruyéndola. Seguramente se formó por la conjunción de un terremoto con una tempestad.

El cauce del río Guadalquivir está vivo. Ha ido variando con el tiempo. Cuando sucedió el tsunami, el cauce del río Guadalquivir pasaba por lo que hoy es la Avenida de la Constitución.

Se sabe que en el siglo X, cuando empezó a formarse el arrabal de Triana, el cauce ya estaba en su ubicación actual.

Aprovecho para decir que las santas Justa y Rufina, patronas de la ciudad, frente a lo que afirma la leyenda popular nunca pudieron ser trianeras, porque en su época lo que hoy es Triana estaba bajo las aguas.

De haber vivido en un arrabal extramuros, serían de la zona de la calle Feria.

Volviendo al río, las obras hidráulicas del siglo XX han intentado domarlo. Ahora fluye por la Corta de la Cartuja.

Ocurrió en la época en que se estaba construyendo la Casa Lonja que el comercio con América demandó el envío de grasas para cocinar.

Tradicionalmente, en el reino de Castilla, se freía con manteca de cerdo. Servía también para diferenciar al cristiano del musulmán y del judío, que tenían prohibido el consumo del porcino por su religión. Fue tal el incremento de la demanda de manteca en el siglo XVI, que no había ganado suficiente para abastecer a la población de América.

Además, la manteca viajaba mal en los barcos por el calor y se ponía rancia.

Hubo que acudir al tradicional aporte de grasas de épocas anteriores: el aceite de oliva. Las haciendas del Aljarafe sevillano producían aceite y vino desde tiempo inmemorial.

Pero no era suficiente. Rápidamente se tuvo que poner en explotación la campiña del valle del Guadalquivir hasta las sierras de Jaén. Estos pueblos florecieron. Su arquitectura renacentista y barroca da fe de ello.

“Estos señores de Gradas están tan pagados y contentos de su estado y sucédeles tan prósperamente ... que los más de ellos han ya mercado y hecho en ese Aljarafe y Sierra Morena grandes heredades y haciendas de toda suerte.”

Para plantar olivos se eliminó la dehesa arbolada y de monte bajo que allí existía. También hubo una alta demanda de cereales para producir pan y dar de comer a las bestias de tiro. Se plantaron en las campiñas de Sevilla y Córdoba.

Con ello, el terreno quedó desprotegido y las lluvias arrastraron gran cantidad de sedimentos al Guadalquivir, conduciéndolos al delta de la desembocadura. Tanto aporte de árido hacía que el agua cada vez fuese más lenta, produciéndose meandros y disminuyendo el calado del río.

En la desembocadura del río fue creándose una gigantesca barra de arena.

Broa de Sanlúcar. Canales navegables e hitos de orientación.
Broa de Sanlúcar. Canales navegables e hitos de orientación.

Se hacía difícil la navegación. Se perdían más barcos en la barra de Sanlúcar que en los cayos antillanos o en la travesía del Atlántico. El pecio de cada embarcación que varaba suponía un nuevo obstáculo que había que sortear.

Las recurrentes inundaciones de Sevilla también hacían que se averiasen o perdiesen barcos al soltarse de sus amarras.

En 1664 por Real Cédula se permitió que los navíos de la flota de Indias descargasen en Sanlúcar de Barrameda, aunque de forma poco eficiente había que llevar por tierra la mercancía hasta el puerto de Sevilla para que pasasen la Aduana.

La Bahía de Cádiz, que ya estaba totalmente protegida por un sistema infranqueable de baluartes, fuertes y artillería de costa, pedía en la corte de Felipe IV que la Casa de la Contratación se trasladase allí.

Para ganar el favor real, en  1679 el cabildo de Cádiz aportó a la corte un “servicio” extraordinario de 500.000 ducados. Al año siguiente, se le declaró como Cabecera de Indias. Comenzaba a reinar en las Españas S.M. Carlos II “el hechizado”, pobrecito.

Fallecido Carlos II de Habsburgo sin descendencia, las casas reales europeas se lanzaron como aves rapaces por el trono español.

Pelearon con inquina las casas reales de Francia y de Austria intentando hacer prevaler sus derechos. Llegaron a las armas desestabilizando al Estado español.

Hubo guerra. Francia impuso a su pretendiente, pero en la firma del tratado de paz se repartieron el territorio español como si de una timba se tratase. Gibraltar, Menorca y las Antillas, para Inglaterra a cambio de traicionar a Holanda. Flandes del Norte, el Milanesado, Cerdeña y sur de Italia, para Austria a cambio de firmar la paz. Las posesiones de Flandes del sur y el Rosellón, para Francia por la cara. Portugal, que ya se había independizado tras las protestas por la carestía de los alimentos en torno a 1650; le dieron unas migajas.

Obtuvo un pedazo del Uruguay.

Al menos, el Reino de España se quedó con el Principado de Cataluña, que estuvo en peligro.

En todo este repartimiento a costa del territorio español, se crearon los reinos de Prusia y de Saboya, que tiempo después dieron lugar a la creación de Alemania e Italia.

Llegó el rey Borbón con su séquito francés y dijeron que todo lo que habían hecho los reyes españoles hasta entonces estaba mal y que había que cambiarlo todo. Reformarlo todo.

Que lo que estaba bien era lo que se hacía en Francia. La monarquía española se convirtió en una sucursal de la francesa.

Y el pueblo de a pie, perplejo, pensaba que si lo que se hacía en Francia estaba tan bien, cómo era posible que fuese peor país, más pequeño y menos poderoso que la España de los Habsburgo.

Estos borbones venían a desguazar el país, venderlo a pedazos y quedarse con el dinero. Se crearon dos partidos: afrancesados y tradicionalistas. La división llega hasta hoy.

La administración del nuevo rey Borbón, Felipe V, se propuso revitalizar el comercio con América. Habían tenido que ceder a Gran Bretaña la posibilidad de comerciar, incluyendo esclavos negros para lo que tenían exclusiva, con América sin pasar por Sevilla. Marruecos y Gibraltar se convirtieron en el portaaviones con el que Gran Bretaña pasaportó hacia América a millones de esclavos negros en el siglo XVIII.

Lo que pasó en Sevilla es conocido como el “Pleito del Río”. El profesor Comellas lo cuenta magníficamente:

“Cuando Patiño, el inteligente ministro de Felipe V, propuso el traslado a Cádiz de la Casa de la Contratación, el vocerío en Sevilla fue tal, que no llegaría a extinguirse en muchos años. El famoso libelismo anti Patiño, que le perseguiría toda la vida en innumerables papeles anónimos, había tenido un origen sevillano, según A. Heredia. Sevilla aseguró que las limitaciones de la barra de Sanlúcar eran poco menos que un infundio gaditano, y que podían franquearla navíos de hasta 600 toneles. Cádiz lo negó terminantemente, y se realizaron diversas pruebas con resultados contradictorios, según fuese la parte “organizadora”. La cuestión de los experimentos llegó a convertirse en una verdadera apuesta entre las dos ciudades. Hasta que Patiño decidió tomar cartas en el asunto, y exigió una prueba con las máximas garantías, acto que fue seguido con la expectación que es de suponer, de acuerdo con un humorístico pero bien fundamentado estudio del malogrado Víctor Fernández Cano.

Había llegado la hora decisiva. Se escogió el navío más apto, y se lo cargó hasta la flotación defendida por los sevillanos. Es cierto que Cádiz protestó que durante la noche parte de la carga fue desestibada para subir la línea de flotación, pero el recurso no fue estimado. Ni falta que hizo. Llegado el momento de la pleamar, el navío inició la maniobra, y no tardó en encallar en la arena. Cuantos esfuerzos se hicieron para dejarlo en libertad de movimientos resultaron contraproducentes: y allí hubo que dejarlo. Un Real Decreto del 12 de mayo de 1717 trasladaba a Cádiz la Casa de la Contratación y el Consulado del Mar.”

Esquina suroeste de la Casa Lonja.
Esquina suroeste de la Casa Lonja.

La mudanza, cuadro de Zurbarán incluido, se hizo en este año de 1717. Se mudó la institución y se mudaron los cargadores. Los barcos hacía tiempo que se habían mudado.

La Academia de Bellas Artes se había marchado también de allí, tras disolverse por las rencillas personales entre Murillo y Valdés Leal.

Las cosas de los artistas sevillanos. Pero la Casa Lonja no se cerró a cal y canto. Quedó en la planta baja el Tribunal de Justicia del Consulado. Unas naves se cedieron al Cabildo de la Catedral para que las utilizase como almacén. El resto del edificio quedaba sin uso.

La sombra de la piqueta, tan sevillana, planeó en aquellos años sobre el edificio. Se consumó el primer paso. Este proceso ya lo hemos visto en las dos primeras manzanas de la Avenida de la Constitución.

El Consulado, ávido de fondos y con un activo inmobiliario vacante, puso en renta la planta alta. La convirtió en una casa de vecinos. Se echaron tabiques, se dividió en cuartos y se alquiló al mejor postor.

La historiografía guarda un clamoroso silencio sobre esta vergonzante situación, pero lamentablemente fue así. Uno de los tres mejores edificios de oficinas del mundo fue transformado en casa de vecinos.

Así estuvo más de sesenta años. Once familias vivieron allí durante generaciones. Hay constancia de que el patio fue utilizado para organizar bailes públicos. Se utilizó también como local de ensayo de las bandas de música de Semana Santa.

El uso residencial del edificio le produjo grandes daños.

Gobernaba en España Isabel de Farnesio, pues Felipe V de Borbón no pintaba nada, ni se enteraba de nada. Es más, no hablaba ni en español. El varapalo a Sevilla por el traslado a Cádiz de la Casa de la Contratación y del Consulado en 1717 fue tremendo.

Todavía quedaba aquí un tejido de pequeñas industrias y talleres de artesanía que durante siglos habían fabricado telas y confeccionado ropas, calzados y productos de cuero para enviarlos a América. También existían aquí talleres de transformación de productos agrícolas americanos como el tabaco, el cacao, la caña de azúcar, etc.

La ciudad del comercio había mutado para convertirse en la ciudad de la protoindustria capitalista de iniciativa privada. No obstante, el descontento en la población por la decadencia y el empobrecimiento de los últimos años era constatable.

En este estado de cosas, el 3 de febrero de 1729 apareció por la Vega de Triana el cortejo real con Felipe V e Isabel de Farnesio a la cabeza. El rey sufría la enésima crisis depresiva que le incapacitaba para ejercer el gobierno.

Con la llegada de los borbones, habíamos pasado del “rey pasmado” al “rey incapaz”. ¡Vaya cambio!

Isabel de Farnesio había programado un extraño viaje a Extremadura y Andalucía de un mes de duración con motivo del enlace de dos miembros de la familia real de Portugal, los Braganza, con dos de la española. Así, aprovechaba y sacaba al rey del Palacio de la Granja, donde languidecía agobiado por los asuntos del gobierno.

Aparte de aprovechar para saludar a los monarcas del país vecino, pensaría que el cambio de aires le vendría bien a su marido.

O no.

Seguramente le llegaron informes de lo que pasaba en Sevilla, y se vino con toda la corte para controlar el desastre que se avecinaba.

Se quedó durante cuatro años. No se fueron hasta junio de 1733. Este periodo se conoció como “el lustro real”.

Era la primera vez que la corte salía de Madrid durante tanto tiempo. A pesar de haber sido maltratada, Sevilla le preparó a Felipe V un recibimiento a la misma altura del que había tenido Felipe II en 1570.

“A las cinco de la tarde de dicho día las campanas repicaron por toda la ciudad para dar la bienvenida a los reyes que entraron por el arrabal de Triana en una lujosa carroza arrastrada por hermosos caballos ornamentados, a los que les acompañaron un centenar de carruajes ocupados por los príncipes e infantes, altos cargos de la Corte y demás séquito. La comitiva se dirigió desde la Puerta de Triana hasta el Alcázar por puentes y calles con un sinfín de adornos entre los que se encontraban grandes arcos creados para tal evento.

Una vez instalada la familia real en los Reales Alcázares, los días siguientes se dedicaron a tomar contacto con la ciudad sevillana a través de la visita a distintas instituciones (Catedral, Casa de la Moneda y Fundación de Artillería), participación en las sesiones de caza y pesca en las cercanías, y diversos actos oficiales y festejos organizados por el Ayuntamiento de Sevilla.”

Con la corte, lógicamente, venían sus cortesanos. Ocuparon junto a los reyes los Reales Alcázares. El Patio de Banderas es conocido por este nombre porque durante estos años allí estuvieron colgadas las banderas de las distintas casas nobiliarias que tenían representación en la corte. Quedaban muy vistosas.

Sevilla seguía siendo la ciudad más poblada de la España no colonial, puesto que en esta fecha las ciudades americanas de Méjico y Lima ya eran más grandes y prósperas.

Con la corte instalada, sintió nuevamente la autoestima que antaño tuvo. Volvió a ser la capital del reino. Los sevillanos se volcaron con sus huéspedes. Fiestas, banquetes, bailes, conciertos, representaciones teatrales, corridas de toros, eventos religiosos, etc amenizaron la estancia de la corte. Incluso, se aprovechó para trasladar en una suntuosa ceremonia religiosa el cuerpo incorrupto de San Fernando a la espectacular urna de plata que está en la capilla de la Virgen de los Reyes en la Catedral, que llevaba varios años pendiente.

La estancia de los reyes sirvió para que se acabasen con celeridad una serie de obras que se estaban llevando a cabo en varios templos de Sevilla, como el hospital del Buen Suceso, la iglesia San Antonio Abad y la iglesia de San Luis de los Franceses.

Esta última, joya del barroco sevillano, llevaba en obras 30 años. Para agradar a la nueva dinastía, la Compañía de Jesús había accedido al cambio de nombre su noviciado de San Carlos (anterior rey) a San Luis. Lo justificaron aduciendo que la aristócrata donante de los terrenos era muy devota de este último rey santo. Hay justificaciones para todo.

La estancia de la corte en Sevilla también sirvió para que el Arzobispo tomase conciencia de que su palacio no estaba a la altura que demandaban los nuevos tiempos.

En el “Corral de los Olmos”, antigua sede del Ayuntamiento de Sevilla, había dependencias que pertenecían a la Iglesia. Llamó a la piqueta y demolió toda la manzana para formar la Plaza Virgen de los Reyes. Reformó la fachada del Palacio Arzobispal dándole la forma que tiene actualmente. Pero todas estas obras se hicieron una vez se fueron los reyes.

Momentos de costumbrismo se vivieron en los contactos de la aristocracia sevillana con la corte. Especial interés tuvo la que giró en torno a la formación de un regimiento que se integrase en el Ejército Real. Las peticiones sevillanas rogando privilegios eran continuas.

La crisis económica que sufría la ciudad era más que patente. La corte, haciendo alarde de su secular “laissez faire”, las despachaba dando las consiguientes largas e intentando siempre tomar ventaja.

- Desde luego, no hay sitio donde se pueda comer mejor el pescadito en adobo que en Andalucía. ¡Me encanta Andalucía!

- Sí, pero comprenderá Vuesa Merced, que esto me resulta incómodo…. No sé cómo decírselo...

- ¡Ummm! Diga, Palomero, diga. No se quede con las ganas.

- Que digo yo, que haciendo el esfuerzo que estamos haciendo, en atender como merecen a Vuesas Mercedes, que por otra parte es nuestra obligación... costaría poco que Su Majestad firmase el Real Decreto que está como borrador para que toda la Armada se equipe con las velas que nuestra modesta factoría produce. Sería una enorme ventaja, porque aunque un poco más elevadas de precio, son de mucha mejor calidad y garantizamos….

- Calle, Palomero, calle. Que no es de caballeros hablar de negocios durante la comida. Y hablando de caballeros… ¡Niño, más vino! Sería conveniente que la aristocracia de Sevilla armase un regimiento para no ser menos que el de otras ciudades del reino, que ya lo tienen. No me ponga esa cara, Palomero… Su Majestad sabrá agradecerlo.

- Pero tendría que ser de Caballería. Los nobles siempre hemos ido a caballo. Lo nuestro es ser lanceros a caballo. Ha sido así desde tiempos inmemoriales.

- Ciertamente.

- ¿Y a qué obligaría la formación de ese regimiento?

- Tendría que tener tres compañías de a veinticinco hombres a caballo. Diestros en este arte. Con sus lacayos e impedimenta correspondiente. Completamente equipados.

- No hay problema. Aquí en Sevilla siempre hemos tenido excelentes jinetes entre las gentes de abolengo.

- Y habría que entrenarlos en el uso de las armas.

- Eso sí que es un problema. Las guerras son peligrosas. No podemos arriesgar a nuestras más valerosos efebos a un infeliz accidente. Un cañonazo, una envolvente de la morisma… Las madres y las viudas se nos echarían encima.

- Para eso está la retaguardia, Palomero. Marcharían en batalla siempre junto al Regimiento Inmemorial del Rey. Además, se diferenciarían con un uniforme vistoso, a la última, claro. Que se vea de lejos.

- Me va agradando la idea… Permítame sugerirle a Vuesa Merced que como instalaciones permanentes, para los caballos, se podrían utilizar los terrenos del arenal del puerto, que ya no sirven para nada. ¡Total, ya no tenemos flota! Y guardar las armas en las naves de las atarazanas reales que no se cedieron al bueno de Miguel de Mañara.

- Usía conoce la ciudad mejor que Nos.¡Niño, ponme más vino! ¡Pero qué bueno está este adobo, por favorrr! ¿De Jabugo dice Ussía que es el pernil?

- Aparte de como potrero y picadero esta Maestranza de Caballería sería un lugar ideal para correr toros. La recaudación iría destinada a sufragar los gastos del regimiento. Y ya puestos, se me ocurre que podríamos instituir una lotería de los números. Las clases bajas son muy aficionadas a estos juegos de azar...

- No se hable más, Palomero: ¡Constituyan ustedes una Real Maestranza de Caballería! Puede retirarse. Tengo sueño. ¡Niño, tráeme el postre!¿Cómo se llama el panecito ése que se baña en vino?

La conversación es una ficción, pero, conociendo a unos y a otros, no debe de andar muy lejos de cómo se fraguó el tema.

El permiso real para levantar una plaza de madera en los terrenos del Arenal se concedió en 1730, durante el lustro real. La plaza permanente sólo para dar espectáculos taurinos comenzó a levantarse siete años más tarde.

El uniforme, con permiso real para utilizarlo también en actos civiles, se utiliza desde entonces. El Regimiento de Caballería de la Nobleza de Sevilla integrado en el Ejército nunca llegó a constituirse.

Y, por supuesto, los descendientes de los Ponce de León, Guzmanes y Riberas nunca marcharon en batalla con el Rey. En 1735 se creó en Sevilla el Regimiento de Caballería Itálica, pero el personal no era de la nobleza ni los gastos corrían a cargo de ésta.

Este regimiento se integró en 1748 en el de Almansa. Para marchar a Cataluña en la guerra de sucesión junto a Felipe V de Borbón, a primeros de siglo, se había organizado el Regimiento de Caballería de Sevilla, que siguió existiendo hasta su disolución en 1762.

La Real Maestranza de Caballería de Sevilla lleva organizando espectáculos taurinos de pago desde 1730. Esta institución, que se sepa, nunca ha sido deficitaria. Dios no lo permita.

Isabel de Farnesio se quedó embarazada y tuvo una hija durante su estancia en Sevilla. Y no solo parió, sino que intervino en la economía de Sevilla.

Entendió que la pérdida del comercio con América había dejado a la ciudad en una situación “delicada” y que la incipiente protoindustria capitalista de iniciativa privada, en caso de prosperar, iba a suponer un contrapoder al Estado centralizado de inspiración francesa de los borbones.

La forma de abortarlo era mediante el establecimiento de grandes factorías de monopolios del Estado: la Real Fábrica de Salitre, la Real Fábrica de Tabacos y la Real Fundición de Artillería. A ellos se sumó el Almacén de Maderas del Rey, edificado en 1735, con la finalidad de almacenar las maderas de los pinares de la Sierra de Segura que descendían por el Guadalquivir hasta Sevilla.

De esta forma, en pocos años, pasó de ser una ciudad comercial a una ciudad industrial. Estas grandes fábricas reales demandaron mano de obra que venían de los pequeños talleres.

Estos no tardaron en sucumbir, y con ellos, las posibilidades de la economía sevillana de competir a corto plazo en un mundo globalizado. No es de extrañar que el “lustro real” sea absolutamente ignorado por la actual ciudadanía de Sevilla.

Cuando el sevillano hace las cosas mal, tienen sus consecuencias. El Dios del Antiguo Testamento le castiga. Descarga su furia sobre él. Son las desventajas de ser un pueblo elegido, como el de Israel. Pasadas las nueve y media de la mañana del 1 de noviembre de 1755, festividad de Todos los Santos, la tierra tembló. Tembló mucho. Los sillares de la Catedral se estremecieron y comenzó a caer polvo y cascotes sobre los feligreses que ocupaban los bancos de la primera misa de la mañana.

Las lámparas se movían en una danza macabra iluminando recovecos y creando sombras donde nunca antes habían llegado. Asustados, salieron por la puerta del Príncipe y corrieron en estampida al exterior. Las campanas tocaban solas con el movimiento de la tierra.

De las azoteas de la Catedral caían trozos de barandas, remates y adornos. Atemorizados, se arremolinaron frente a la Casa Lonja y arrodillados, en sincera plegaria, con el diácono que oficiaba misa a la cabeza, imploraron a Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que les conservase la vida.

También se acordaron de la Virgen María. Tuvieron tiempo. Según los registros, el terremoto duró entre tres minutos y medio y seis. Tuvo una intensidad entre 8,5 y 9,0 de la escala Richter.

Para la intenso que fue el terremoto, la Muy Noble, Leal, Invicta y, ahora sí, Mariana ciudad de Sevilla tuvo pocos fallecidos.

Tan sólo nueve cadáveres se recogieron al desescombrar las trescientas casas que se cayeron. Cinco mil edificios fueron afectados. La Torre del Oro resultó tan dañada, que llegó a proponerse su demolición. Hasta tuvo que intervenir el rey para salvarla. Casi todos los campanarios de las torres de la ciudad quedaron gravemente dañados o destruidos. Milagrosamente, la Giralda apenas tuvo daños. Las santas Juntas y Rufina no tuvieron nada que ver con esto.

Está comprobado que el disponer una masa en la parte alta de una torre favorece su estabilidad en caso de movimiento periódico de la base. El fantástico campanario renacentista de Hernán Ruiz la salvó. El Alcázar quedó muy dañado, especialmente el Palacio Gótico. La falta de dragado del río hizo que el tsunami que siguió al terremoto no tuviese consecuencias en Sevilla. Destruyó por completo las costas atlánticas de Huelva y Cádiz. También la ciudad de Lisboa.

Frente a la Casa Lonja, que no registró daños, en el lugar en el que se terminó la misa, se erigió un monumento de acción de gracias dedicado a la Nuestra Señora del Patrocinio o del Triunfo. Desde entonces, permanece la costumbre de celebrar en este sitio una Misa de Acción de Gracias cada 1 de noviembre. El monumento está realizado en mármol blanco con detalles en otro colores y es obra de José Tomás Zambrano que, en esas fechas era el Maestro Mayor de la catedral. Una inscripción en el pedestal narra la historia de este Triunfo.

“Sábado, 1 de Nov. Año 1755 a las 10 de la mañana huvo general y pavoroso terremoto el que se creyó asolaba la Ciudad, y sepultaba a sus moradores en la ruina, pues se estremecieron violentamente los edificios cayendo algunos y parte de las iglesias. En la Patriarcal con espantoso horror llovieron parte de sus bóvedas, cayeron pilares de los elementos de su Torre. Siendo sin número el concurso nadie se sintió lastimado. En toda Sevilla solo 6 personas perecieron deviendo las demás sus vidas la Ciudad su consistencia al Patrocinio de la que es Madre de Dios y Misericordiosa María Stma. en cuyo honor y perpetuo agradecido monumento mandaron poner los Ilmos. Sres. Deán y Cabildo e hacer este Triunpho en el sitio mismo que se dixo la Misa y cantó Sexta en aquel día.”

Monumento del Triunfo.
Monumento del Triunfo.

Probablemente, el avispado lector se habrá dado cuenta que el monumento se erigió en 1757, a mediados del siglo XVIII, la Ilustración, la Academia, Voltaire, la enciclopedia, Celestino Mutis, el siglo de las luces... En esta época, el estilo artístico y arquitectónico que se imponía era el neoclásico.

Para que tengan una imagen visual, el del Palacio Real de Madrid o, mucho más cerca, la fachada de la capilla del Sagrario en la Avenida de la Constitución. Sin embargo, el monumento de la Plaza del Triunfo es barroco, muy barroco. El arte enfocado a Dios; el estilo artístico del siglo anterior. La explicación no es el desconocimiento o que no se estuviese en la vanguardia artística del momento, como equivocadamente atribuyen los panageristas de lo extranjero.

Es que Sevilla necesitaba mirar atrás para reconocerse. En su decadencia, echaba de menos el esplendor del siglo pasado.

En lo social, en lo económico y en lo político. La grandeza de este monumento es que es un guantazo sin manos de la ciudad de Sevilla a la monarquía de Felipe VI de Borbón. Una denuncia formal sobre la degeneración sufrida en el transcurso de un siglo.

De centro de negocios a casa de vecinos. Una suerte de:

- “Escúchame, Felipe. Con los Austrias vivíamos mejor.”

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