La construcción de la Casa Lonja, actualmente Archivo de Indias

Siguiendo con nuestro paseo por la Avenida de la Constitución, anteriormente se ha hecho referencia a cómo se gestó la construcción de esa joya de la arquitectura civil renacentista que es la Casa Lonja, actualmente Archivo de Indias.

Fue una petición conjunta del Consulado de cargadores a Indias y del Cabildo de la Catedral al rey Felipe II, que encargó a su mejor arquitecto el proyecto de un edificio modélico y de vanguardia.

En este artículo nos vamos a centrar en lo que sucedió durante su dilatado proceso de construcción.

Casa Lonja, actualmente Archivo de Indias

Historia de la construcción de la Casa Lonja

Sevilla era la capital del mundo occidental. La ciudad más poblada y con mayor dinámica económica.

El Consulado de cargadores a Indias, su institución civil más potente. Disponiendo de financiación, proyecto, solar y directores de obras, los trabajos de construcción de la anhelada Casa Lonja por fin comenzaron en noviembre de 1582.

Tras las demoliciones de las edificaciones preexistentes, que duraron su tiempo, se fueron haciendo las cimentaciones. Completamente machacados y apisonados bajo el podio en que se levanta la Casa Lonja, se encuentran los escombros de lo que previamente se levantaba en el solar.

Primero se ejecutaron las cimentaciones que dan a la plaza del Alcázar (este). Después las que dan hacia la Catedral donde había estado la Casa de la Moneda (norte) y después donde anteriormente había estado la cilla del Cabildo (sur).

Tres años y medio después, en enero de 1586, se empezó a levantar los muros y a tallar piedra para sillares.

Otros tres años más se tardó en empezar a labrar las columnas dóricas de la planta baja del patio. Estábamos ya en julio de 1589. Para esta época, las dimensiones del edificio eran monumentales. Las obras iban muy despacio. Todo se hacía artesanalmente; a mano.

Fachada norte de la Casa Lonja de Sevilla.
Fachada norte de la Casa Lonja de Sevilla.

Viendo que las obras se alargaban, tras nueve años de tensa espera, en 1593 el Cabildo de la Catedral comenzó a presionar para que los mercaderes saliesen de sus instalaciones y se ubicasen en la Lonja cuanto antes. La comisión gestora de las obras decidió acabar de construir primero el ala norte, más próxima a la Catedral, para que los mercaderes la ocupasen cuanto antes.

De esta forma, una de las fachadas del edificio, que iba a tener cuatro iguales, empezó a tomar más importancia.

En ese mismo año de 1593 se empezaron a levantar las bóvedas del ala norte de la planta baja. Labradas en piedra, cuatro años tardaron en construirse. Traer la piedra y labrarla con la forma necesaria para la bóveda era una tarea artesanal muy complicada.

Tanto es así que los tallistas ponían su firma en las piedras. Cobraban por piedra puesta, y esta era la forma de certificar que les pertenecía el abono.

Si se fijan, tras la última restauración del edificio, en algunas piedras de la fachada norte se ha marcado en rojo las firmas de los canteros con su fecha de ejecución. Es muy visible a simple vista.

Algunos tallistas festejaban el cobro con un VITOR. Tranquilo, camarada, nada que ver con Franco. Faltaban más de 300 años para que naciese.

A este respecto, hay quien mantiene que estas inscripciones son posteriores. Incluso quien mantiene que ante la Casa Lonja solían acudir los estudiantes graduados en la entonces recién fundada Universidad, el Colegio de Santa María de Jesús, para festejar la obtención de sus títulos.

Serían una especie de graffiti del siglo XVII producto de la combinación de alegría del egresado y la ingesta etílica. No se lo crean. Son las firmas de los canteros.

Inscripción en piedra de la fachada norte de la Casa Lonja de Sevilla.
Inscripción en piedra de la fachada norte de la Casa Lonja de Sevilla.

En 1597 se le dio un acelerón a las obras; los muros de la segunda planta del ala norte estuvieron acabados en 1598, días antes del fallecimiento del rey prudente. Es necesario decir que esta nave aún no tenía tejado; estaba cubierta con una estructura provisional de tableros. Dieciséis años habían pasado ya desde que se empezaron las obras.

“acordaron que el maestro mayor y demas ministros haga que se desenbaraçe y limpie dicho quarto cerrando y atajando los arcos del que caen al patio con madera y tableros para que la gente no entre ni salga por ellos ni impida ni estorbe la labor de fabrica que a de andar en el dicho patio y talleres que estan junto a el y hagan solar el dicho quarto echando las puertas que sean necesarias...”

Para esta fecha, el Cabildo desesperado había contratado a guardas para que expulsasen definitivamente a los mercaderes de la Catedral. Ya no había excusas para que siguiesen negociando allí. Tenían unos locales donde podían ejercer su actividad sin interferir en los actos litúrgicos.

Para la inauguración de este ala norte se hizo una fiesta con luminarias, cohetes y representaciones teatrales. Los mercaderes ocuparon inmediatamente estas dependencias liberando sus tenderetes en las gradas de la Catedral. Mientras, las obras continuaban en el piso superior.

En la fachada norte se puso una losa con la siguiente inscripción:

El católico y muy alto y poderoso don Pheliphe Segundo rey de las Españas mando hazer esta Lonja acosta de la Universidad de los Mercaderes, de la cual hizo administradores perpetuos al prior y consules de la dicha Universidad. Comenzóse a negociar en ella en 14 días del mes de Agosto de 1598 años”.

Felipe III fue conocido como el rey piadoso. Con tan solo 20 años de edad, en 1598 heredó el trono de España. Al ser tan joven, delegó en su valido, el Duque de Lerma, la resolución de los problemas de administración del reino. Tuvo que hacer frente a serios problemas económicos.

La puesta en explotación de las minas de oro y plata en América y la apertura al comercio con el Nuevo Mundo provocó que una inflación desmesurada. Con ello, se devaluaba la moneda. Continuamente había que renegociar los contratos adaptándolo a los nuevos precios. Además, la flota de Indias fue atacada por holandeses, franceses y británicos en actos de piratería.

Tuvieron poco éxito, todo hay que decirlo, pero para protegerla, hubo que organizar dos convoyes al año protegidos por barcos de la Armada. En un par de ocasiones se perdieron por las tempestades, con el consiguiente quebranto para las arcas de la Corona. En esos barcos venía la recaudación de impuestos de América.

El otro gran problema de las finanzas de la corona española eran las guerras en Europa, que consumían parte del presupuesto real sin apenas dejar beneficios.

Todo esto hizo que se tuviese que tomar dinero a crédito, pagando los correspondientes intereses. Ya los financieros de Felipe II tuvieron que renegociar las deudas hasta en tres ocasiones con sus prestamistas, al no disponer de fondos en ese momento para hacer efectivo el pago de las deudas. Durante le breve reinado de Felipe III se tuvo que hacer en una ocasión.

Al igual que la Corona tenía problemas económicos, el Consulado de cargadores a Indias también tenía los suyos. Sus ingresos procedían de una “avería”, o seguro marítimo, obligatoria para todo el que llevase más de un año negociando o al que cargase mercancías por valor superior a mil ducados.

Para sufragar la Casa Lonja, el Consulado había establecido un impuesto que gravaba las transacciones económicas. A finales del siglo XVI y principios del siglo XVII el comercio con América se redujo considerablemente. Los historiadores que han estudiado este tema no se ponen de acuerdo en sus causas.

Uno de los factores posibles que se ha estudiado es la posible evasión fiscal. Había salida del comercio a través de otros puertos distintos al de Sevilla que la Hacienda Real no controlaba.

También influyó decisivamente la alta inflación, lo que produjo crisis económica y disminución del crédito, por lo que se redujeron los envíos de mercancía y su retorno. Se unió a esto que las minas que se habían explotado en esta época se agotaron, por lo que se descompensó el sistema económico.

Pero la explicación más probable de la súbita reducción del comercio con América durante el siglo XVII es que la corona española, emulando al Imperio Romano, confirió derechos individuales a los habitantes de las Indias Occidentales. Los consideraron súbditos de Su Majestad.

Siguiendo la estela de la Roma imperial, se ordenaron y estimularon los aprovechamientos mineros, de los bosques y agrícolas. Para favorecer el comercio se construyeron carreteras, con sus calzadas, alcantarillas y puentes. Se encauzaron ríos y se construyeron canales, acueductos, presas y puertos.

Se fortificaron las instalaciones estratégicas, protegiéndolas de los ataques extranjeros.

El Imperio Español fue mucho más allá. Fundó ciudades, con sus catedrales, hospitales, colegios y universidades. El comercio interior interior comenzó a florecer. Desde el primer momento los habitantes autóctonos se mezclaron con los que provenían de Europa. Hasta 1660 la población de colonos en América no superó a la de la ciudad de Sevilla.

Rápidamente se creó una sociedad mixta criolla que demandaba productos básicos y elaborados. Eran capaces de producirlos y de comerciar con éxito.

La oferta interior cubría esta demanda. Además, sin pagar aranceles. Tan solo, se demandaban productos de lujo procedentes de Europa en pequeño formato, que podían llegar fácilmente por contrabando. Cada año que pasaba, era menos necesario importar productos básicos desde España.

Las potencias imperiales que sucedieron a la española en el tiempo tomaron buena nota de esto. Holandeses, Franceses, británicos, rusos y norteamericanos no permitieron que sus colonias prosperasen y se hiciesen autónomas.

Invirtieron lo imprescindible para exprimirlas sin dejar de depender de la metrópoli. Parte de sus inmensas ganancias la invirtieron en acusar falsamente al imperio español de hacer, precisamente, lo que ellos hicieron. Transferencia de culpa, se llama este fenómeno.

Una legión de pseudohispanistas mollatosos, casi todos extranjeros, escribieron pagados  a sueldo del holandés, del francés y del inglés las más altas calumnias y desprestigios que conocieron los tiempos: la leyenda negra. Los guionistas de Hollywood tampoco se quedaron atrás.

Esta técnica quedó escrita en piedra por el ministro de Educación y Cultura del gobierno nazi, Heinrich Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Y así andamos.

Estampa flamenca propagandística antiespañola del siglo XVII.
Estampa flamenca propagandística antiespañola del siglo XVII.

La crisis económica y social del siglo XVII influyó de forma decisiva en el desarrollo de las obras de la Casa Lonja. Todavía tardaría 48 años en terminarse.

El arquitecto Juan de Minjares falleció en 1599, posiblemente como víctima de la gran peste que sufrió la ciudad en este año, por lo que Alonso de Vandelvira tuvo que asumir su trabajo, además del de aparejador que desempeñaba hasta entonces.

Alonso era hijo de Andrés de Vandelvira, el arquitecto de las mejores obras del renacimiento en Úbeda y Baeza, así como de las catedrales de Jaén y Cuenca.

A la sombra de su padre, Alonso de Vandelvira destacó como tratadista. Escribió De Arquitectura, tratado sobre el arte de cortar la piedra, en lo que era especialista consumado.

El libro esta lleno de dibujos muy interesantes e influyó de manera decisiva en la arquitectura española de la época. Su obra más destacada en Sevilla es la iglesia del Sagrario, anexa a la Catedral, ubicada precisamente en la zona donde se reunían los cargadores a Indias.

En la Casa Lonja, Vandelvira se ciñó al proyecto de Herrera. Cambió el ladrillo traído de Málaga, que estaba dando problemas, por uno de formato especial fabricado en Sevilla.

Si nos fijamos bien, hay una leve diferencia en el tono entre el ladrillo de la planta baja y el de la alta en tres fachadas que no estaban terminadas para el año 1600.

Los primeros años del reinado de Felipe III todavía fueron de bonanza económica. Los tres años de 1608 a 1610 fueron en los que el puerto de Sevilla registró el mayor tráfico de mercancías.

A pesar de esto, el Consulado debía de tener problemas graves, porque la obra de la Lonja estuvo parada entre agosto de 1601 y febrero de 1603. No pudo ser por falta de presupuesto, puesto que la avería del Consulado recaudó en estos años más que nunca.

Bien pudiera ser algún problema técnico desconocido por nosotros o la malversación de los fondos lo que impedía que la obra prosiguiese.

En 1604 ya estaba terminada la nave este, que da a la plaza del Alcázar, pero no se podía utilizar por los mercaderes porque no tenía puesto el tejado. Cada vez que llovía entraba agua por todo el edificio. Intentaron solucionarlo echando unos toldos, solución típica sevillana, pero no resultaron ser efectivos.

La obra volvió a pararse y Vandelvira, contrariado con estos parones, renunció a seguir. Se dedicó al diseño y construcción de las fortificaciones militares de la Bahía de Cádiz y de Sanlúcar de Barrameda.

Palacio Real de Aranjuez.
Palacio Real de Aranjuez.

La comisión gestora de las obras decidió en 1610 designaron a Miguel de Zumárraga, que también era el maestro mayor (arquitecto) de la Catedral, como director de las obras. Originalmente, el proyecto de Herrera contemplaba que el edificio se cubriese con un tejado inclinado de tejas cerámicas sobre armaduras de vigas de madera, la misma solución que se había dado en el Palacio Real de Aranjuez. Zumárraga cambió el proyecto para sustituir los artesonados de madera por bóvedas vaídas realizadas en piedra, cuya construcción era mucho más económica.

Se ahorraba en madera de Cuba, que se había puesto carísima por la crisis del comercio con América, sustituyéndola por piedra local.

Además, Zumárraga inventó un sistema para construir las bóvedas sin montar andamios, con lo que se ahorraba otra partida económica importante.

De esta forma, se cambió la cubierta inclinada típica de la arquitectura herreriana por una azotea más acomodada a la climatología en Sevilla rematada por la misma balaustrada de piedra con esferas que se diseñó para el patio.

Además, este cambio permitió proseguir con las obras, pues se pudo vender ventajosamente toda la madera que se tenía acopiada hasta ese momento.

Los mercaderes de Indias tenían costumbre de hacer sus tratos al aire libre, en las gradas de la Lonja. Para ellos, el paso de cabalgaduras y coches de caballos era un estorbo. Producían ruido y suciedad. Los carros deterioraban el empedrado.

Miguel de Zumárraga diseñó las columnas de mármol y las cadenas que la rodean. Pensó en rematar las columnas con unas bolas, como las de la balaustrada de la azotea, pero nunca llegó a hacerse. Esta misma solución ya se había tomado en el entorno de la Catedral.

Es falso que las cadenas que rodean la Catedral se pusiesen para delimitar la zona de jurisdicción religiosa, en la que se los perseguidos de la justicia del Rey se podían “acoger a Santo”. Desconfíen de los guías turísticos. Las columnas se pusieron en 1565. Son para que no entren las bestias.

En esta fecha se renueva el pavimento de la plaza que da a la Catedral, hoy calle Fray Ceferino Jiménez, a base de ladrillo y guijarro. Además, en esta plaza se elevó la “Cruz del Juramento”, ante la que los mercaderes acostumbraban a cerrar los tratos. La reja que cierra el espacio fue obra de Juan Cerbigón.

El diseño de la cruz, que originalmente era de madera con peana y remates dorados, sí era de Miguel de Zumárraga. Hay que decir que esta cruz no estaba colocada donde hoy la vemos.

En su ubicación original estaba colocada más cerca de la puerta del Príncipe de la Catedral, casi en la esquina de la Lonja con la Plaza del Triunfo. Se trasladó en 1758 para facilitar la circulación. La cruz original de madera dorada con pan de oro fue sustituida por la actual de jaspe rosado.

El pedestal de piedra en forma de urna rematada por una cúpula de paños, flanqueada por columnas y volutas, así como la reja, sí que son los originales del siglo XVII.

Cruz del juramento.
Cruz del juramento.

Venido arriba, Zumárraga se atrevió a hacer más cambios en el proyecto de Juan de Herrera. Abrió puertas en todas las fachadas para que los mercaderes pudieran entrar y salir de las naves de la Lonja con mayor facilidad, sobre todo en caso de tormenta.

Cambió el diseño de la escalera de madera de subida a los tejados por una escalera adulcida a regla de piedra, cubriéndola con la espectacular cúpula de escamas que la remata. Sólo hay cuatro escaleras como ésta en Europa. Les recomiendo que vayan a verla.

En año y medio se labraron once bóvedas, las correspondientes al ala norte al completo y la mitad del ala este. Las obras proseguían a ritmo lento, pero por fortuna no se pararon.

Para el año 1615 se construyó un mirador, hoy desaparecido, en las azoteas de la nave norte. Desde este mirador se tenía una perspectiva privilegiada del puerto de Sevilla y se podía avistar de lejos a la flota remontando por el río.

Azotea del ala norte de la Casa Lonja.
Azotea del ala norte de la Casa Lonja.

Ocurrió en este año del Señor de 1615, que a un padre dominico se le ocurrió dar un sermón cuestionando la veracidad o literalidad del misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En Sevilla se formó un escándalo monumental.

La ciudad entera se echó a la calle para reivindicar el embarazo de la madre de Jesús sin haber mantenido relaciones con varón.

Se organizaron varias procesiones en desagravio, en las que también participaron los sirvientes negros y mulatos; de ahí viene el origen de la Hermandad de “Los Negritos”. A partir de entonces, Sevilla tiene la condición de Mariana.

Entre 1614 y 1625, a muy bajo ritmo, en la Casa Lonja se estuvo trabajando en las obras de cantería de la escalera principal. Los siguientes años se dedicaron a su decoración y rematar la linterna que la ilumina.

Durante esta época, la calamidad se cebó con el Consulado de cargadores. Ocurrió que a la incipiente crisis económica, se le unió una crisis climática.

En esta época los astrónomos empezaron a darse cuenta de que el número de manchas solares y auroras y en la intensidad de las coronas se reducía considerablemente. Entre 1638 y 1643 se produjeron al menos doce importantes erupciones en el mundo, y todas ellas lanzaban a la atmósfera un velo de polvo que reducía la energía solar que llegaba a la tierra.

La temperatura media de la tierra bajó entre uno y dos grados, por lo que las cosechas se vieron afectadas significativamente. El periodo de crecimiento de las plantas se redujo en dos meses. Había menos comida disponible y más cara.

La demanda de bienes manufacturados cayó y muchos artesanos quedaron en desempleo. Hubo hambrunas y revueltas.

La población hambrienta se debilitó y proliferaron el tifus, la fiebre tifoidea, la disentería y especialmente la peste bubónica. Fallecieron millones de personas. A mediados del siglo XVII la población dejó de crecer en toda Europa.

Mientras en Europa la característica fundamental de este desbarajuste climático fue el frío, en la Península Ibérica se manifestó con inundaciones y largas sequías. Nevó en Sevilla en dos años seguidos, en 1624 y 1625, algo realmente inusual.

El Guadalquivir se desbordó aún con más asiduidad. Entre 1570 y 1650 se sufrieron dieciséis riadas. La mayor, la de enero de 1626.

Sevilla quedó destruida.

No se sabe con exactitud cuánta gente murió sepultada o ahogada. Se vinieron abajo más de 8.000 edificios.

“Las más de las casas quedaron tan quebrantadas que ayudará el movimiento de los coches a que se vengan avajo”.

Por este motivo, durante 50 días no pudieron circular coches de caballo. Más allá de las casas particulares, muchos conventos, iglesias, colegios y monasterios quedaron irreversiblemente dañados.

Se perdieron innumerables archivos y bibliotecas. Muchas hermandades tuvieron que reescribir sus reglas, perdidas en la inundación.

“Desde la Torre del Oro hasta la puente que es un grandíssimo trecho no avía sino montes de palo de Brasil, de caxas de açúcar, de infinidad de corambre y de otras mil cosas de valor”.

El puerto quedó devastado, con toda la mercancía perdida esparcida por la ciudad. Sólo se pudo recuperar el 5% de la mercancía.

Aparte de metales preciosos, de América llegaba a Sevilla cueros, colorantes (rojo cochinilla y azul añil), jenjibre, azúcar y maderas. Todo esto último, perdido.

Este año fue conocido como el “año del diluvio”. A la inundación seguirían sus funestas consecuencias:

“sin ser adivinos podemos desde aora temer es la pobreza de muchos, que quedarán destruidos y las enfermedades que se irán amasando según amenazan y dessean los médicos”.

Para hacernos una breve idea de lo que fue aquéllo, nos queda el testimonio por escrito de una larga carta de Rodrigo Caro a su amigo Francisco de Quevedo en la que relata:

“Quisiera escribir á vuesa merced una cumplida y diestra relación de la inundación desta ciudad, en que me hallo como testigo de vista al tiempo deste miserable suceso; y pienso que por otro camino tendrá vuesa merced noticia del. Deseo yo por mi parte cumplir mis obligaciones, y en esta desconfío de poderlo hacer, porque aunque há diez y ocho dias que se padece con el agua del rio y la del cielo, que por todas partes combaten la miserable Sevilla afligida con lastimosos sucesos,  todavía se continúan los mismos, y segunda vez tiene el rio á las puertas; y así, no podrá ser diestra la relación de tantos azares, ni cumplida la que le faltan tantos por decir.

Comenzó á llover lunes 19 de Enero, y fué prosiguiendo no con mucho rigor hasta el viernes 23, y en la noche que llovió toda sin cesar con recio viento; con lo cual, y nieves derretidas de las sierras, creció Guadalquivir; y dia sábado 24, ya estaba en las murallas de la ciudad, y muy estendido fuera de su ribera. Ya los husillos (que son los desaguaderos de la ciudad) estaban tapados y prevenidos; cerráronse y calafeteáronse las puertas, que miran al rio, desde la Almenilla hasta el Postigo del Aceite y Carbon, junto á la Torre del Oro.

Fué terrible la confusión que amaneció el dia de la conversión de San Pablo que fue el domingo, 25 de éste mes. Porque en las parroquias inundadas, se consumió el Santísimo Sacramento, despojáronse los altares, desocuparon los religiosos sus conventos, salieron las monjas de sus clausuras, andaban cuadrillas de gente por la parte de ciudad que quedó, por anegar, buscándolos padres a los hijos, y las mujeres sus maridos y deudos, que con la turbación y tinieblas no vieron. Ya habían entrado muchos barcos en la ciudad, y con ellos iban socorriendo á los que mas dinero ó mas peligro tenian en lo cual se vió una bárbara crueldad y que solo la codicia pudo cometer, y yo la refiero aquí por cosa que se ha dicho públicamente en los púlpitos; que algunos ministros de justicia, concertándose con los barqueros por cien reales en un día, se llevaban ellos todo lo demas que se ganaba ó hurtaba; y asi pedian por una persona cien reales, y por una familia quinientos; y en dejando solas los vecinos las casas, las entraban á robar, y que los colchones que sacaban para tapar los husillos se los llevaron á sus casas, y só color que eran menester veinte, hurtaron y saquearon gran cantidad. Y esto tales, que merecían toros de Faliris, pretenderán garnachas. Pero no querrá Dios ni un rey justo y justiciero, que esto quede sin debido castigo, sabida la verdad.

En tan grande desventura ha habido algunos alivios, que la piedad del pueblo sevillano (que es ejemplo de los siglos en piedad y magnificencia) ha dado á la miserable plebe. Y así, luego que amaneció el domingo, 25 de enero, los señores prebendados de la santa iglesia repartidos en barcos, anduvieron á todas partes, sacando gente, y dando pan á los que no podían salir; y esto continuaron  muchos dias, sosteniendo innumerable gente anegada y que se habia recojido en la santa iglesia. Y tras de estos señores, siguiendo su ejemplo los señores conde de la Puebla, conde de Palma, marqués de Molina, marqués de Villamanrique, don Lucas Pinelo, don Francisco de Lugo, don Fernando Melgarejo, veinticuatros; los padres del colegio de San Hermenegildo, los de la casa profesa de la compañia  de Jesús, los señores regente y oidores, y otros muchos caballeros y mercaderes; y hubo uno que pidió que le diesen doce barcos, porque quería gastar treinta mil ducados en dar de comer al pueblo. Este se dice, Tomás Mañara que bien merece escribirse su nombre y saberse su piedad. No fue menor la de los pueblos circunvecinos, que sabido el aprieto y aflicción de la ciudad, enviaron infinita cantidad de pan; y fué misericordia de nuestro Señor que quedase una puente descubierta que está á la puerta de la Carne, para que por allí se socorriese y entrasen bastimentos: en que se señalaron Utrera, renovando su antigua panadería; y Alcalá y Carmona; de modo que bajó el pan á real.

Han sacado en Triana la imagen de señora santa Ana; en la colegial de san Salvador, nuestra señora de las Aguas; en la santa Iglesia la imagen de nuestra señora de los Reyes. Llevóse en procesion á la torre Mayor el precioso Lignun Cruci y se mostró en las cuatro ventanas de la torre; y esto ha sido por dos veces: en la primera cesó el aire que furiosamente corrió, y bajó el rio mas de dos varas, y por luego serenó el tiempo; en la segunda vez que le sacaron á la misma torre, fué cosa también maravillosa, que estando en una ventana exorcizando la tempestad según el ritual romano antiguo, llegando el preste a decir aquellas palabras “Appareat arcus tuns in nubibus coeli” al  punto pareció el arco en el cielo á la misma parte del exorcismo, y por luego serenó”. 

Ante tanta desgracia, nuestros antepasados buscaron una explicación comprensible. Miraron al cielo y la hallaron.  Dios los castigaba por sus pecados. Por el Renacimiento. Por haber puesto al hombre en el centro del mundo.

Se expulsó a los moriscos y se persiguió a los pocos judíos que quedaban.

Se combatió al hereje. La Santa Inquisición incrementó su influencia.

Los ricos, que ya poseían la mayor parte de este mundo, intentaron asegurarse un trozo del Más Allá. Se fundaron más conventos y monasterios.

Aumentaron los legados a la Iglesia. El arte del barroco está dedicado a Dios.

“El caso es (para que no nos andemos por las ramas) que Dios ha días que está resuelto en castigarnos”.

Después del diluvio, que también afectó a las obras de la Casa Lonja, el Consulado encargó a uno de los pintores más destacados del momento, Francisco de Zurbarán, el cuadro de La Pentecostés.

La obra presidió desde 1630 la Sala del Consulado en Sevilla. Ante él, los mercaderes imploraban a Dios que, al igual que a los Apóstoles, les infundiese el Espíritu Santo para tomar buenas decisiones.

La Pentecostés. Francisco de Zurbarán.
La Pentecostés. Francisco de Zurbarán.

Con tres cuartas partes del casco urbano de Sevilla asolado por la riada, las obras de la Casa Lonja estuvieron suspendidas durante varios años. En 1634 el historiador Rodrigo Caro afirmaría: “de presente no está acabada de edificar… y falta por hacer casi la mitad”. Fallecido también Zumárraga, los trabajos fueron proseguidos por Juan Bernardo de Velasco, autor de las cuatro pirámides que rematan las esquinas del edificio, y por Pedro Sánchez Falconete, que se ocupó del remate de las obras de la fábrica.

Por fin, las obras de construcción terminaron en 1646, reinando ya Felipe IV. Sesenta y cuatro años de obras y tres generaciones de arquitectos fueron necesarios para la inauguración completa de la Casa Lonja. Una eternidad.

Casa Lonja. Fachada y sección. Estado actual.

La perfección y pulcritud teórica que Herrera plasmó en su proyecto chocaron, en primer lugar, con los hábitos de los mercaderes sevillanos, que se resistían a ocupar el interior del edificio, acostumbrados como estaban a comerciar en plena vía pública, salvo impedimentos físicos ineludibles. Los cambios en los gustos y la involución económica posterior hicieron el resto.

El excesivo tiempo que tardó en construirse el edificio es la expresión del fracaso en la implantación de la idea de arquitectura con pretensiones simbólicas, dogmáticas y aristocráticas que tuvieron Felipe II y Juan de Herrera en una ciudad de mercaderes donde la fragmentación y el pragmatismo eran las leyes que conformaban una realidad compleja, cambiante y alejada de toda planificación racional.

Como pasa hoy en día, se atendía más a lo pequeño e inmediato que a los grandes proyectos transformadores.

Ahí está el paso del río de la SE-40, que va a superar a la Casa Lonja en tiempo en construirse. El alto costo de las obras de la Casa Lonja tropezó, además, con una situación comercial en progresivo deterioro.

No llevaba ni tres años inaugurado el edificio. Había llovido copiosamente esa primavera y la crecida del río había anegado nuevamente partes de la ciudad. Ya había pasado en Milán y en Nápoles. El mal llegó otra vez por el río...

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